Pérez-Reverte, discípulo aventajado del Capitán Price

Como se acercan las fiestas y ya tenemos bastantes noticias malas o indignantes con las que nos vapulean los medios a diario, cambio de tema en la revista por un tiempo.

El domingo pasado me sorprendió gratamente el académico de la lengua Pérez-Reverte al escribir en twitter lo que sigue:

Y es que al parecer Don Arturo es aficionado a la saga de videojuegos Call of Duty; un shooter -permítanme usar la jerga del mundillo- muy entretenido para los amantes del género, interesante por sus títulos históricos, vibrante con los de guerra moderna y muy lucrativo para sus creadores.

Considero que el videojuego tiene un gran potencial lúdico y aplicado, y que es un importante destilado humanísitico del siglo XXI en tanto que aúna ciencia, técnica y artes. Porque lo celebro y aplaudo que hombres cultos de otras generaciones empiecen a estar de acuerdo con estos puntos, expreso mi homenaje con la imagen que cierra este texto. Sin duda, por la experiencia y veteranía de Pérez-Reverte en estas lides, el escritor sería la mano derecha del prestigioso Capitán Price.

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Los españoles frente a los impuestos

Como hace unos días tratamos el tema de los impuestos, me ha venido de perlas encontrar el avance publicado por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en cuanto a la opinión pública sobre la política fiscal. En concreto me referiré a las respuestas obtenidas en unas pocas preguntas de la encuesta.

En la sexta pregunta se pide al encuestado que conteste si cree que se dedican demasiados recursos, los justos o muy pocos a una serie de partidas del presupuesto nacional. De éstas solo hay una que gana por el lado de la inversión excesiva, que es la de defensa (el 36,2% de los encuestados así lo cree); sin embargo, gana la respuesta del muy poco dinero dedicado a la enseñanza (43,5%), la protección al desempleo (49,1%), la vivienda (52,9%), la justicia (40,2%), la seguridad social y las pensiones (53,4%), la investigación en ciencia y tecnología (37,6%) y la ayuda a personas dependientes (52,5%). La mayoría de los encuestado opina que se dedica la cantidad justa de esfuerzos a las obras públicas, la sanidad, la cultura, etc. Ya solo con esta información en la mano el gobernante medio podría elaborar unos presupuestos tal vez un poco más democráticos. Pero quedaría, sin duda, perplejo como yo ante la respuesta promedio a la siguiente pregunta del estudio: aproximadamente un tercio de los encuestados dan la respuesta más neutra en la escala que va entre mejorar los servicios públicos financiándolos con más impuestos y pagar menos impuestos aunque haya que recortar los servicios. ¿Pues no habíamos quedado que había que mejorar todo lo citado anteriormente? No creo que sea posible simplemente vendiendo nuestra flota y nuestros tanques Leopardo. Más parece que el español medio en una sociedad ideal, movido por sus buenos propósitos, abogaría por lo mencionado al principio; en cambio, a la hora de pasar a la acción en la sociedad real preferiría disimular. Ciertamente, no tocar nada en cuanto a impuestos y servicios ha sido la respuesta abrumadoramente mayoritaria, si bien cabe decir que hay un ligerísimo porcentaje mayor a favor de invertir y no de recortar.

Vale la pena cerrar la columna de hoy con la interpretación de las siguientes dos respuestas a la encuesta, que en mi opinión son genuinamente hispánicas. Un 48,1% de los encuestados opina que los españoles son poco o muy poco conscientes y responsables a la hora de pagar impuestos. Curiosamente, el porcentaje baja drásticamente al 11,3% cuando el encuestado examina su conciencia y decide declararse poco o muy poco responsable o consciente cuando es él el que paga los impuestos. Casi nueve de cada diez decimos que nosotros pasamos por caja puntual y consecuentemente.

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Nunca llueve a gusto de todos

Ya conocemos sobradamente los resultados de las elecciones generales que se acaban de celebrar. Más vivo que nunca está el debate de si se plasma correctamente la voluntad popular en el reparto de escaños entre los diferentes partidos políticos. Los satisfechos no dicen nada; sin embargo, los agraviados expresan su malestar y hablan de injusticia. Tras las denuncias, los culpables habituales: la ley d’Hondt y las circunscripciones electorales.

La ley d’Hondt se emplea en un buen número de democracias. Al aplicarla no se obtiene un reparto de escaños proporcional al reparto de votos. Más bien se caracteriza por favorecer a los partidos mayoritarios y permite el establecimiento de mayorías absolutas cuando la diferencia de votos entre el partido ganador y el segundo es apreciable. Opino que no se puede decir que este sistema no sea lo suficientemente democrático, ya que siempre gobierna la lista más votada, a la que se permite desarrollar un proyecto más o menos completo durante el mandato. En un sistema puramente proporcional, el número de pactos, disensiones, encuentros y desencuentros entre las múltiples formaciones obligadas a ponerse de acuerdo para constituir un gobierno devendría en un caprichoso guirigay raramente beneficioso para la ciudadanía.

Por otra parte, la división del territorio en circunscripciones obedece a un principio netamente democrático como es respetar el derecho de las minorías. Si no existiera dicha división se impondrían siempre los intereses y la voluntad de los ciudadanos que viven en las áreas más pobladas sobre los de aquellos que viven en las zonas menos pobladas. Así, es justo contrapesar la voluntad de la mayoría, que se expresaría fenomenalmente votando todos en la misma urna, con un criterio territorial de reparto. Tal vez el problema español consista en que las Cortes Generales consten de dos cámaras y en ambas rigen ambos criterios: poblacional y territorial, de manera que la combinación resulta un tanto confusa. En efecto, en el Congreso de los Diputados hay un mínimo de dos escaños por provincia y el resto se asignan por población. En el Senado una parte deriva del sufragio directo de cuatro senadores por provincia y el resto es escogido por las Comunidades Autónomas de acuerdo con, de nuevo, el reparto de la población.

Puestos a conceder la razón a los críticos con este sistema, yo abogaría por que en cada cámara rija uno solo de los criterios explicados -tal y como sucede en las Cortes de los Estados Unidos-. Además no me convence el hecho de elegir a representantes que elijan a representantes, con lo que el sufragio de todos los senadores debería ser directo. Por último, y aunque esto no se está poniendo en duda estos días, ganaríamos en división de poderes si la elección del jefe del gobierno fuera también directa en unos comicios separados.

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La peliaguda cuestión de los impuestos

Comienzo hoy con una tabla elaborada con los datos de Eurostats (año 2010) sobre la recaudación de impuestos expresada como porcentaje del PIB. Lo hago porque últimamente estamos muy atentos a la pelea entre la escuela de estímulo y la del tijeretazo. Sin embargo, todos esos recursos que el estado puede destinar -o dejar de destinar- para influir en la economía están basados en su capacidad de recaudar impuestos.

Los impuestos se idearon para repartir entre todos los miembros de una sociedad el gasto derivado de la prestación de unos servicios comunes normalmente caros a la par que necesarios. La naturaleza del impuesto suele incluir el carácter coercitivo de su recaudación, puesto que se considera injusto que se dé el llamado problema del polizón, es decir, que algunos ciudadanos resulten beneficiados del servicio sin que hayan contribuido a su financiación.

Sin embargo, lo realmente complicado del asunto es fijar el nivel impositivo. Tener un nivel de impuestos bajo o alto no es intrínsecamente ni bueno ni malo. Un nivel bajo de impuestos suele derivarse de la doctrina según la cual el estado debe intervenir poco en la vida ciudadana y financiar sólo servicios que son caros y estratégicos para la pervivencia de la sociedad en cuestión, tales como la construcción de obras públicas y el mantenimiento del ejército. En este caso se asume que los ciudadanos se organizarán para crear el resto de los servicios de manera privada, y que cuando los necesiten los costearán directamente de su bolsillo. Este tipo de organización es uno de los puntales sobre el que descansa el liberalismo económico.

Una vez establecido dicho punto de partida, la sociedad podría creer necesario ir subiendo el nivel impositivo para que el estado ofreciera mayor número de servicios. Normalmente, establecer impuestos cada vez más altos está ligado con pensar que si se deja a actuar al mercado libre, las personas con menor capital no podrán acceder a determinados servicios que se cree que es justo que gocen. Estirando este argumento se puede llegar a su vez a uno de los pilares de la socialdemocracia que implicaría que la merecida igualdad entre personas debe alcanzarse redistribuyendo la riqueza mediante los impuestos. En este tipo de sociedades existe una gran porcentaje de recursos destinados por el estado al gasto social: seguro de desempleo y plan de pensiones públicos, subvenciones por cada hijo, etc. Aquí cabe destacar que cuando se opta por tales niveles de impuestos es imprescindible tener servicios de inspección rigurosos que consigan que los contribuyentes menos comprometidos no eludan sus responsabilidades.

¿Y España dónde se encuentra? Intencionadamente he ordenado los elementos de la tabla de menor a mayor para demostrar que nuestro estado es el que menos impuestos recauda si se consideran los países señeros de Europa. Recaudamos menos que el Reino Unido, en principio tenido por más liberal que España. Pero es que además tampoco recaudamos mucho más que los Estados Unidos con un 32% del PIB (dato de 2008 ofrecido por la OCDE) que parecen sobradamente más liberales que nosotros. Al final de la tabla quedan los países nórdicos que por lo visto consideran que el estado debe repartir ¡más de la mitad de los bienes y servicios que generan cada año! ¿Se imaginan a algunos de nuestros políticos con tamaño botín para «gestionar»?

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Éste es el programa electoral; perdón, de gobierno

Parece ser que poco va a importar la lectura de los programas electorales de los partidos políticos a la hora de elegir el voto en las elecciones generales de noviembre. La cumbre del euro ya ha marcado el plan en el párrafo quinto de su declaración, que dice así:

«Acogemos con satisfacción las importantes medidas adoptadas por España para reducir su déficit presupuestario, reestructurar el sector bancario y reformar los mercados de trabajo y de productos, así como la adopción de una modificación constitucional sobre equilibrio presupuestario. Es esencial aplicar rigurosamente el ajuste presupuestario tal como fue previsto, incluso a escala regional, para cumplir los compromisos del Pacto de Estabilidad y Crecimiento y reforzar el marco presupuestario mediante el desarrollo de una normativa de rango inferior que haga que las enmiendas constitucionales sean plenamente operativas. Es necesario tomar más medidas para aumentar el crecimiento y reducir una tasa de desempleo inaceptablemente alta. Estas medidas deberán incluir mayores cambios del mercado laboral para aumentar la flexibilidad a nivel de empresas y la capacidad de inserción profesional de la población activa, y otras reformas para mejorar la competitividad, en particular ampliando las reformas en el sector de los servicios.»
 

Como la mayor preocupación de los compatriotas es cómo se va a afrontar la mala situación económica y esto ya está ordenado, no hará falta que nos devanemos los sesos más allá de una hora de las veinticuatro que tradicionalmente forman la jornada de reflexión.

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Mal de muchos, consuelo de todos

Dijo el escritor catalán Josep Pla que el español es un hombre insatisfecho. Y es que España fue la primera monarquía relativamente fuerte que dio portazo a la Edad Media en Europa allá por el año 1475, para un siglo después, como consecuencia de la diplomacia matrimonial de los Reyes Católicos y de los Habsburgo, convertirse en la cabeza del primer imperio global de la historia. Apeada de su supremacía por otras potencias, rezagada en pos de la revolución industrial y apartada de los grandes acontecimientos políticos del siglo XX, nos parece que España ha perdido mucho tiempo y cuantiosas oportunidades de que sus pobladores gocemos de una sociedad más desarrollada. De ahí tal vez la insatisfacción referida.

En esta época de inestabilidad económica en Europa, y como hoy es la fiesta nacional, es pertinente reflexionar sobre el lugar alcanzado y las posiciones defendidas por nuestro país en comparación con los grandes de nuestro contexto geopolítico, que a mi juicio son Alemania, Francia, Italia y el Reino Unido. En primer lugar ofrezco unos indicadores sobre el desarrollo que indican que nuestro país está bien situado en el marco analizado.

Quisiera sintetizar ahora nuestra situación económica con estos otros indicadores. Como se ve, España tiene bastante menor deuda pública que el resto de países de la tabla. El déficit público es incómodo, pero del mismo orden. Sin embargo, el paro es atrozmente alto. Estos tres datos, junto con el tamaño actual de nuestra economía, me llevan a concluir que nuestro problema fundamental es el paro. Él es nuestro pertinaz quebradero de cabeza y el principal, si no único tema, al que nuestros políticos deberían dedicar todos sus esfuerzos y toda su imaginación. Porque para emplear a ese quinto de la población activa hará falta ensayar soluciones que no se hayan probado anteriormente. Con un desempleo de un 8%, pongamos por caso, y con el resto de números que presentamos, no habría agencia de calificación ni especulador que fuera a por nosotros primero.

Significativo también, por lo malo que es, me parece el dato de que en España se necesite el triple de tiempo para abrir un negocio que en Alemania; hecho del que hay que culpar, a lo farragosa que es nuestra administración. Si un departamento asesor de una empresa extranjera lee este indicador en los informes del Banco Mundial, ¡optará por aconsejar España como primer destino para una nueva apertura ya que mientras esperan podrán tomar kilos de bravas y cientos de cañas!

Manejándome con los indicadores, cayó en mis manos finalmente la puntuación de nuestros chicos de 15 años en las pruebas PISA de la OCDE. Tengo que confesar que me decepciona que seamos literalmente los últimos de la clase en las tres categorías evaluadas. Hubiera querido que en el típico chiste en el que se reúnen un francés, un alemán, un italiano, etc. que les hubiéramos aventajado en alguna materia, al menos. De modo que, ¡Españoles del futuro, habrá que estudiar más!

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Angela Merkel intenta empalmarnos

La revista Time acostumbra a publicar en su portada una fotografía con un fuerte contenido simbólico comúnmente acompañada por un titular no menos impactante. Estos días se puede encontrar en la edición europea la cubierta que reproduzco. En la imagen aparecen tres tiras adhesivas con los colores de la bandera de Alemania empalmando -y a este significado del verbo empalmar me estaba refiriendo- un billete de cinco euros. Además, se trata justo de ese billetito que todos llevamos medio doblado en la cartera para comprar cualquier chuchería y que se gasta y se desgasta fugazmente. Para los amantes de las referencias diremos que el número de la revista es el correspondiente al 3 de octubre y que el fotógrafo es Bartholomew Cooke.

Sin embargo, el lema «Por qué Alemania no puede salvar el mundo, y no precisamente porque no quiera» ya no es tan acertado como la metáfora visual. Sinceramente, no creo que el alemán medio tenga interés en arreglar los problemas económicos de todo el planeta. Algo más de vocación habría en intentarlo con la zona euro, más que nada por lo del sentido del deber, que el germano lo siente muy adentro.

Con casi 82 millones de habitantes, Alemania posee el 25% de la población de la zona euro, que comprende 16 países más. Según los datos del Producto Interior Bruto del Banco Mundial, las cuatro primeras economías que emplean nuestra querida divisa son la alemana, que comprende un 27% del total; Francia, con un 21%; Italia, con el 17%; y España, con un nada despreciable 12%. Por eso España e Italia cayendo juntas supondrían un peso muy difícil de sostener para la cinta adhesiva germana. Si ello sucediera, al abrir nuestra maltrecha cartera saldría confeti, insuficiente hasta para el café de máquina. En consecuencia, habrá que añadir más cintas de colores al resquebrajado euro.

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Se cumple una década del 11-S

Una década media entre estas dos portadas de la revista Time. La primera, narra el peor atentado terrorista de la historia: el ataque contra el complejo de negocios World Trade Center (WTC) en Nueva York. La segunda, la caza del autor intelectual y máximo responsable confeso de la matanza, Osama Bin Laden, por parte de una unidad de elite del ejército de los Estados Unidos.

El 11 de septiembre de 2001 puse las noticias de TVE1, como casi todos los días, a la hora de comer. En un primer momento me sorprendió que estuvieran narrando en directo cómo una de las torres gemelas estaba en llamas por culpa de lo que parecía un accidente aéreo. Como mantuvieron la conexión mientras recababan más datos, de repente se pudo ver en llamas la otra torre también, y poco después mostraron en la pantalla otro avión que se había estrellado contra ella. En los minutos siguientes pasé de la sorpresa al completo asombro e incluso al temor. Ana Blanco y los corresponsales trataban de elaborar la crónica sobre la marcha mientras se conectaba con la sede del Departamento de Defensa de la nación americana -el archiconocido Pentágono- y se veía que había sido atacada mediante el impacto de una tercera aeronave. En aquellos trágicos minutos los periodistas verbalizaban mis pensamientos a la par que ellos estimulaban mi imaginación: algún estado o alguna organización poderosa estaba atacando a los EE.UU. y habría una respuesta. A nosotros como aliados nos podía tocar parte del ataque o del contraataque. Iniciábamos el primer año del siglo XXI una nueva etapa de la historia y tal vez una guerra. Entretanto, en una hora y tres cuartos, ya se habían derrumbado las torres gemelas llevándose con ellas unas 2600 almas. Las víctimas totales fueron unas 3000 contando todos los ataques y todos los aviones.

Semanas después, el presidente de los EE.UU., George W. Bush, acúñó la expresión war on terror -en España suele aparecer en los medios como guerra contra el terrorismo- para sintetizar su concepción y decidido apoyo a una campaña global desde los frentes militar, legal y económico contra el terrorismo islamista, que se está librando desde entonces. Estos años de guerra sin declaración, y presumiblemente sin armisticio ni tratado de paz, han cambiado el mundo; y así, han conllevado brutales atentados terroristas en varios países, a la par que contraataques multinacionales y eliminación de terroristas, en operaciones más o menos públicas o veladas, en Afganistán, Iraq (aunque en este caso las causas sean más complejas) y otros territorios.

Hace ya un año, por estas fechas, tuve la oportunidad de visitar Nueva York, y como todo viajero curioso actual, procuré ver la huella del suceso en la ciudad. Visité el museo de los bomberos, el cuerpo con más caídos en el atentado. Impresiona sobremanera visitar las salas donde se honra la memoria de los 343 héroes literalmente sacrificados al intentar salvar a las miles de personas que se hallaban en las torres.

Lo siguiente fue visitar la zona del derrumbe del WTC, también llamada zona cero. Lo primero que llama la atención es toparse con la cruz del 11-S, o pieza en forma de cruz que los equipos de desescombro hallaron en medio del caos, y a la que atribuyeron un valor simbólico de esperanza, fe y recuperación. Entonces se encontraba en una esquina cercana al enorme solar; pero tal vez ahora ya esté en el monumento conmemorativo de la tragedia.

Después me acerqué al vallado para fotografiar el grandísimo hueco y el estado de las obras que darán lugar al nuevo complejo. Justo al lado habían dispuesto un local como prólogo del futuro museo del 11-S, donde se exhibe una maqueta que representa el aspecto que tendrán las obras acabadas y se pueden adquirir libros y documentales sobre el ataque y otros artículos. El monumento abrirá mañana con el fin de celebrar una ceremonia para las víctimas, y se podrá visitar a partir del lunes. El museo abrirá en 2012.

Estas instalaciones permanecerán como recuerdo de esta década convulsa, que nosotros no necesitaremos que nos reinterpreten historiadores futuros, dado que la hemos vivido casi como protagonistas.

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El principio de conservación del debate (II)

Algunos grupos han protestado contra el hecho de que no se quiera someter la reforma constitucional sobre el déficit público a referéndum. Es como si temieran, valga la redundancia, un déficit de legitimidad a la hora de aprobar la proposición.

Si tratáramos el tema de dicha legitimidad en crudo, es decir, siguiendo el sistema de puntuación «una persona-un voto», de acuerdo con los resultados de las elecciones de 2008, obtendríamos una legitimidad del 84% simplemente sumando los votos de los dos partidos mayoritarios. Alguien podría aducir que lo que piensan PSOE y PP no es necesariamente lo que piensan sus votantes. Sin embargo, España es un régimen de democracia representativa. Esto quiere decir, que una vez depositado el voto, el poder obra en manos de los miembros de las cámaras legislativas, y ellos pueden promulgar lo que crean conveniente siempre de acuerdo con la ley, que establece ciertos mecanismos de control.

Tratemos, en cambio, de ser un poco más rigurosos, y por qué no, de leer la Constitución por una vez, ya que en ella se encuentran definidos los instrumentos para la reforma. Dice la carta magna que se someterán a referéndum las reformas del texto que afecten a los derechos fundamentales y a la corona. Por lo que, dado el contenido de las propuestas, no es imperativa la consulta.

Para llevar a cabo la modificación es necesario, en un principio, reunir los tres quintos de los votos en cada una de las cámaras legislativas. En el Congreso, con un total de 350 diputados, los 321 diputados de PSOE y PP cumplen holgadamente la condición. En el Senado, que es ese organismo que no sabemos muy bien en qué consiste, pero que es igual de importante en el poder legislativo, los apoyos podrían ser 236 de los 262 totales, ya que el PSC cuenta además con 10 senadores en el grupo parlamentario entesa catalana de progrés.

Por otro lado, dice la Constitución que, una vez aprobada la reforma «será sometida a referéndum para su ratificación cuando así lo soliciten, dentro de los quince días siguientes a su aprobación, una décima parte de los miembros de cualquiera de las Cámaras.» Condición que no se cumple en el Congreso al haber sólo 29 diputados que no son del PSOE ni del PP. En el Senado, al sumar los 5 senadores de Entesa que no son del PSC, los de CiU y los senadores nacionalistas se llega a los 17 votos, que no es suficiente. Los miembros del grupo mixto del Senado votarán presumiblemente a favor y podrían contrarrestar algún voto díscolo que no quiera someterse a la disciplina de partido.

En conclusión, con las reglas del juego democrático no habrá referéndum ni es necesario. Yo tampoco lo hubiera querido; no obstante, una sorpresita de última hora en forma de senadores rebeldes podría habernos brindado el comprobar si, como enunció el Sr. Rodríguez Zapatero, la dilatación del debate hubiera degenerado en soporífera campaña y aburridísimo referéndum.

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El principio de conservación del debate (I)

No hay nada más íntimo en el acervo de un físico que el reconocimiento de los principios de conservación. El principio de conservación de la energía y el principio de conservación del momento son claros elementos de este conjunto. Pues bien, el pasado 31 de agosto el presidente Rodríguez Zapatero, haciendo gala de sus cualidades para desarrollar nuevos conceptos, ha formulado el principio de conservación del debate: don José Luis ha declarado que el debate sobre la reforma constitucional ha sido intenso porque había pocos días para ello. Dándole al mensaje cierta formalidad se puede entender que la intensidad del debate dividida entre el tiempo necesario es igual a una constante (I/t = constante), de manera que para tener un debate sosegado es necesario prolongarlo, ya que la cantidad de debate siempre es la misma.

No es el objetivo de la columna de hoy averiguar si dicho principio es universal; es más bien reflexionar sobre la reforma de la Constitución. Si consultamos los términos acordados encontramos un principio general que es de sentido común que aparezca: «Todas las Administraciones Públicas adecuarán sus actuaciones al principio de estabilidad presupuestaria.» Lo que querría decir en lenguaje de estar por casa es que hay que gastar lo mismo que se ingresa, principio rector de cualquier hogar que no pretenda hallarse en la ruina con los años. Las pegas vienen con el desarrollo de dicho principio, ya que el texto obligaría al control sólo del llamado déficit estructural, que no ha sido, ni de lejos, la parte principal del déficit generado durante estos tiempos. ¿Y qué parte del déficit es la mayor? La que es fruto del aumento de los gastos —derivados de las ayudas a los desempleados, por ejemplo— y la disminución de la recaudación de impuestos —principalmente la reducción en la actividad empresarial— cuando ya están fijados en los presupuestos del Estado. Para una descripción más detallada se puede consultar este artículo. Es por ello que hay voces que claman por el control del déficit total por medio de la adopción de medidas de austeridad más estrictas. Al parecer, se puede demostrar que el control de déficit estructural, no nos hubiera salvado de encontrarnos con un abultadísimo, a la par que preocupante, déficit total en estos momentos.

Pero la medida todavía puede ser más laxa, ya que se propone que no sea necesario respetar los límites durante las recesiones económicas. Y la puntilla para los amigos de apretarse de cinturón —o enemigos de la quiebra sin remedio— es que todo esto deberá entrar en vigor dentro de ¡8 años! y pico. Esto es chocante, porque para llevarnos el tortazo actual sólo hemos necesitado dos, esto es, desde 2008 (digamos que en 2011 llevamos la inercia correspondiente). Veremos si nos queda resuello para llegar a la meta.

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